15/12/2016

Energía: la hora de la estrategia

Por Jorge Lapeña

Publicado originalmente en Clarín, el 16/12/2016

Termina 2016, y tal como se preveía, la energía se configuró como el principal problema de la infraestructura a nivel nacional y, de hecho, el que mayores problemas políticos ocasionó a la nueva administración. Varios son los factores que explican la preponderancia de este sector en el ranking de dificultades: a) el atraso fenomenal de las tarifas energéticas; b) el deficiente servicio público que ya se prestaba desde 2013 con cortes crecientes y protestas callejeras; c) la urgencia de nuevas inversiones para abastecer una demanda siempre creciente, d) la falta de financiamiento de las obras necesarias; y e) los enormes subsidios que ahogaban a la hacienda pública.

La economía del sector energético estaba desquiciada; con empresas de servicios púbicos descapitalizadas y sin resultados positivos era imposible arrancar. Era lógico que la economía energética tuviera que comenzar su recuperación por el saneamiento tarifario; y dados los atrasos fenomenales, era obvio que este proceso iba a ser traumático.

Sin embargo, una mirada menos focalizada sobre el trauma de las tarifas permite ver que hechos positivos que indican un cambio de rumbo. Veamos la lista: la energía se administra ahora con honestidad; la discrecionalidad en la toma de decisiones tiende a desaparecer y con ello las obras absurdas; después de 25 años el gobierno reinstaló la idea de la Planificación Energética Estratégica; el Gobierno se compromete como nunca antes con la lucha global por el ; se inició un nuevo camino en Energías renovables con respuesta muy favorable de los inversores; se normalizan los Entes Reguladores después de 15 años de intervención; y la lista podría continuar.

En resumen, 2016 ha sido un año con fuertes sobresaltos, pero también con realizaciones concretas que nos dan pié a imaginar que un sólido edificio energético podría ser posible en la Argentina del futuro; pero habrá que tomar grandes decisiones. En este contexto veo tres ejes de grandes decisiones estratégicas: 1) el primero de ellos es fundar una economía energética abierta y competitiva sobre todo en materia de hidrocarburos; 2) el segundo es cumplir con los compromisos de mitigación de cambio climático acordados en COP 21 y COP 22; 3) el tercer eje consiste en adoptar decisiones basadas en la racionalidad integral, evitando influencias corporativas sobre quienes toman las decisiones.

Del esquema planteado se derivarán decisiones de enorme trascendencia cuyos resultados se verán en el largo plazo, pero cuyos costos políticos tendrán que ser afrontados al inicio. Apostar por una estrategia energética compatible con las políticas globales de mitigación del CC implica explicitar la vocación de cumplimiento de una reducción en la emisión de gases de efecto invernadero, en concordancia con la importancia de argentina como productor de esos gases (0,7 % de las emisiones globales). Nuestro país deberá cumplir con metas muy exigentes de reducción de emisiones dentro de su sector energético. Se ha estimado una reducción de 102 millones de toneladas de CO2 para 2030 respecto a las emisiones proyectadas sin reducciones voluntarias.

Cumplir esta meta en 2030 significa afrontar en Argentina un fuerte proceso de “descarbonización” de la energía del cual aún no se ha tomado conciencia política. Reducir emisiones de ese tenor implica eliminar de la demanda energética argentina en aquel año unos 35 millones de tep/año de hidrocarburos. Esto implica un mercado interno energético que no podrá consumir en conjunto más gas y más petróleo del que hoy consumimos.

Este enfoque pone al descubierto un problema mayúsculo, que no aparece cuando se mira solo el corto plazo: la industria de los hidrocarburos en Argentina solo tiene futuro en la medida que sea competitiva en el mercado internacional y a los precios de éste. Los que se entusiasman hasta el hartazgo con la potencialidad, todavía teórica, de Vaca Muerta deben tener en cuenta esa circunstancia, y ello obliga a una reformulación de la política petrolera argentina.

De lo anterior se deriva que se deben terminar “el barril criollo”; el subsidio indiscriminado a los productores de gas natural; y se deben transparentar los mercados de hidrocarburos hoy opacos y fuertemente oligopólicos. Un corolario: será muy importante utilizar durante los próximos 15 años a la importación gasífera como un competidor de la producción de gas nacional.

Finalmente , una rémora del último medio siglo en el campo de la infraestructura y la energía: los modos de decidir los planes de obras y las obras mismas. El factor común de muchas decisiones son las influencias sectoriales y el oportunismo que logran impulsar decisiones poco fundadas de los funcionarios gubernamentales. Mirando al futuro me limito solo a decir que el proceso de descarbonización de la energía implicará substituir consumos que hoy son abastecidos por hidrocarburos por un conjunto de obras y tecnologías energéticas que deben tomar el lugar de aquellos (hidroelectricidad; nuclear; eólica; solar; biomasa). En ese proceso debe primar más que nunca la buena formulación de Planes energéticos; la defensa del interés general, y por sobre todas las cosas, la honestidad republicana.

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